Torschlusspanik, dépaysement, y otros maravillosos agobios de la vida au pair en Alemania.

El principio.

¿Que cómo estoy ahora? Pues sin ganas de escribir, creo que lo de ser blogguer ha terminado, por el momento, para mí. Y sin ganas de salir de España; he pedido la Erasmus pero es muy posible que si me la dan, la rechace. Me siento a gusto en España. Creo que para todo hay un momento, y éste no es el adecuado para salir a otros países, ni a otras ciudades. Me encanta mi vida en Madrid y quiero disfrutarla mientras pueda, sin pensar en irme a ningún otro sitio. Ahora trabajo en un restaurante, son sólo dos horas al día, perfecto para poder estudiar y aún así tener mi ratito de trabajo diario, ideal para despejarme cada noche de las preocupaciones de las horas anteriores; me mudé en diciembre a un nuevo piso en el que estoy encantada, mis compañeras son un cielo y las quiero muchísimo, aunque lleve sólo dos meses aquí. Y aunque no tenga planes de viajar, planes no me faltan. Tengo en mente abrir próximamente una asociación de au pairs. Tras dos viajes, en dos condiciones distintas, y acojonada las dos veces, me he informado mucho sobre los acuerdos internacionales de au pairs. Cada mes se pone en contacto conmigo alguna chica con ganas de ser au pair, pero temerosa, recelosa de las famiklias que encuentra por internet, sin dinero para pagar agencias. ¿Por qué no ayudar a todas estas chicas a viajar como au pair en condiciones seguras sin tener que pagar 300€ para ello?

 

Esta entrada se iba a titular “el final“. Porque lo que aprendes como au pair no se ve al día siguiente, ni dos días después de volver. Sólo tras varios meses después eres capaz de valorar de qué te ha servido la experiencia, es ahí cuando realmente acaba el viaje. Pero este post no habla realmente de finales, habla de principios. Habla del principio de una nueva vida.

¿Qué le debo yo a Alemania? En ella no aprendí demasiado alemán. En ella no aprendí demasiada geografía. En ella no aprendí demasiado sobre valores humanos. Sí que aprendí un poco de todo aquello, y mucho más de lo que hubiese aprendido de quedarme en España; pero no es por eso por lo que ha merecido la pena vivir esta segunda experiencia de au pair.

En los 4 meses como au pair en Burdeos aprendí muchas cosas que me cambiaron la vida. Aprobé bachillerato, Selectividad, me planteé qué hacer con el resto de mi vida; aprendí una lengua que detestaba y ahora amo, conocí un país que odiaba y ahora siento, viví en una ciudad que sólo con recordar, trae lágrimas a mis ojos. Conviví con una familia con quien siempre ando enviándome emails, recibiendo fotos de la niña, mensajes de la madre, hablando de cuando ir a visitarles. Aprendí que no me gusta el arte contemporáneo. Aprendí a viajar sola. Aprendí a convivir, a vivir con niños, a romper mis prejuicios sobre Francia y a amar España. Aprendí a estar sola. Cambié totalmente mi relación con mis amigos. La gente con quien hablé a diario, aún habiendo 600 km de por medio, es la gente a quien considero amigos; me animaron cuando estaba mal, compartieron mis alegrías cuando estaba eufórica, me entretuvieron cuando me aburría y conseguí mucha mayor confianza con ellos. La gente con quien hablaba una vez al mes, fuese lo que fuese para mí antes de irme, no es más que gente en mi vida. Punto. Gente con quien quedo para tomar algo, gente a quien escucho cuando se encuentra mal, pero gente que sé que jamás moverá un dedo para ayudarme, y que no es más que gente de paso. Y cada día de mi vida recuerdo estas enseñanzas al ver un color rojo oscuro, al leer o escuchar algo en francés; al corregir mentalmente la pronunciación de mis amigos cuando dicen palabras de origen gabacho. Y cada vez que eso ocurre sonrío y recuerdo la más bella ciudad que jamás he pisado, y de la que mejor no voy a seguir hablando, porque me pongo poética y moñas y porque son las cinco de la mañana.

En Alemania… en Alemania he aprendido muchas, muchas cosas, sobretodo sobre mí. Pero sobretodo aprendí una lección que ha transformado todo para mí. Una tarde, hablando con Michael en el salón, hablamos del empleo. De que la gente tiene miedo a perder el trabajo, y no debería ser así; ser echado del trabajo no es una pérdida, porque tienes la oportunidad de encontrar algo mejor, y que solo tú eres tú, sólo tú eres ese señor de 28 años que ha estudiado Musicología, habla ruso y esperanto y ha trabajado de tarotista, domador de leones y doblador de cucharas con la mente (os lo dije, son las cinco, se me ocurren ejemplos muy raros), y eso es lo que tienes que mirar con orgullo para demostrarle a las empresas lo que vales. Y fue ahí cuando decidí arriesgarme, dejar mi trabajo como profesora en la academia (que implicaba trabajar poco y ganar 250€/mes, que viviendo con los padres no está mal) y buscar algo en Madrid para permitirme venirme a vivir aquí. Y… ¿sabes qué? Hace 5 meses que me dijeron aquella frase, y 4 desde que vivo sola. Voy cambiando de trabajo en trabajo y no me importa, porque me hace feliz. Me gusta trabajar y probar cosas nuevas, firmar cada mes un nuevo contrato y cotillear con mis compañeros a la salida del curro, camino al metro. Estudiar y trabajar es difícil, pero me hace feliz, y es lo que cuenta. Y no por ello tengo menos vida social, ¡al contrario! ¡Vivo sola!

Por eso esto no es un final, es un principio. No es el final de mi vida au pair, porque por muchas promesas que me haga, ahí queda la tentación de volver a caer y acabar este verano con una nueva familia; y si no, siempre me quedan las visitas, los viajes, los emails y regalos de cumpleaños a todos mis niños. Yo no fui au pair; yo soy au pair. Que ahora no esté con una familia no implica nada, seré au pair mientras mis ex-host-families me admitan en su casa en vacaciones. Y no es el final de mi vida au pair porque ahora que me planteo comenzar una asociación no estoy dando la espalda a mi vida de au pair, la estoy aceptando, ampliando, iniciando una nueva fase en ella. Comencemos.

 

No terminé de contar mi historia. La primera noche que dejé de redactar esta especie de diario estaba muy cansada, la segunda muy deprimida, la tercera muy borracha y la cuarta muy ocupada. Comencemos:

– DÍA 31. Me levanté total, totalmente deprimida. En parte por estar fuera de casa en un día que, por motivos personales, considero muy especial; pero sobretodo, por estar con la regla, que hace bailar mis hormonas como si fuesen marionetas. Pasé todo el día mal, sin querer jugar con los críos, sin querer hacer nada, excepto encontrar una excusa para cambiar mi billete de fecha y volverme antes a España. Cené con la familia a las 20.00; una simple fondue, que tampoco es nada del otro mundo, con el padre, los dos hijos, Gina y un amigo suyo. Nada especial. A las 21.30 me levanté y me fui con los niños a ver Scary Movie al salón. No me gusta Scary Movie. Nada. Nunca me ha gustado. Pero supongo que estaba tan mal que ya cualquier tipo de humor, incluso el humor americano en alemán, podía alegrarme. Los niños me explicaban muy solícitos los chistes que no entendía. Y a las 23.30 entró en el salón Michael preguntándome si las uvas eran doce. Me quedé alucinada. Mientras yo me regodeaba en mi mierda y en mi depresión, ellos habían comprado y preparado uvas para mí (nota: por si alguno no lo sabe, tomar las doce uvas es una tradición únicamente española, y en Guirilandia las uvas en invierno escasean y son caras). Las tomamos viendo la retransmisión de la tv pública alemana, sin campanadas ni nada, pero fueron unas uvasd estupendas por el simple hecho de tenerlas. Critico las tradiciones tontas pero ésa, para mí, es sagrada, y poder realizarla… ufff, fue estupendo. Al menos para mí. Kevin, al ver sus doce uvas en un pequeño cuenco, y escuchar las explicaciones de su padre sobre cómo se tomaban, lo único que dijo fue “¡Esto es tan friki! papá, ¿de dónde sacas estas cosas?”. Me reí.

Tras las uvas tomamos una copa de champán y salimos inmediatamente a zona peatonal de detrás de la casa, cruzada sólo por un arroyo, un sendero de tierra, y pequeños parques infantiles, nada de carreteras. Allí nos reunimos con los vecinos para tomar algo -sólo tomé un chupito de ese algo, y lo recuerdo como el más asqueroso que he bebido en mi vida. Algo así como anís pero muy, muy, MUY fuerte. Y os aseguro que no tengo por costumbre beber agüita del grifo los fines de semana-, contemplar el cielo nocturno (…cielo nocturno, ¡qué cielo! Lleno de estallidos, luces y colores; las leyes alemanas permiten el uso de fuegos artificiales la tarde de Nochevieja desde las 16.00 hasta la 01.00 de Año Nuevo, y.. vaya si aprovechan. No había un solo lugar al que desviar la mirada sin encontrar decenas y decenas de brillos y reflejos) y por supuesto, tirar nuestros propios fuegos artificiales. Precioso. Ni depresión ni nada, es más; tanta tontería todo el día con el tema de estar fuera de casa, pero sólo me acordé de llamar a mi madre y se me pasó totalmente felicitar el año a mis amigos o a cualquier otro ser de España.

Al volver a casa me tomé algo con Michael en el salón; Gina no estaba (salió con sus amigos, supongo, aunque no iba NADA arreglada, allá la noche de “San Silvestre” no se toma tan en serio como aquí). Hablamos de las fiestas de Nochevieja. Me dijo que con quince años los chicos salen a fiestas con sus amigos… y regresan a las 02.00 a casa. Yo me reía. En España se sale de casa a esa hora. Alemanes tenían que ser.

 

DÍA 1. No salimos de casa en todo el día y mi depresión fue en aumento. No recuerdo qué hicimos, pero sí que estaba mal. Muy mal. Asco de regla.

DÍA 2. Fuimos a la piscina. Porque son alemanes y ellos lo valen, ea. Es más, se extrañaron cuando les dije que en España la mayoría de las piscinas son descubiertas y sólo abren en verano. “Pero, ¡para el verano está la playa!“. Por cosas como ésta nunca podré tener una gran amistad con gente alemana.
Gina me regaló un bikini suyo que me encantó, y con él y unas chanclas de Jan me equipé para ir a la piscina. Salimos de casa a eso de las 14.00, recogimos a una hija de Ilona (de quien ya hablé durante el verano) y nos fuimos. QUINCE MINUTOS DE COLA. QUINCE. EN ENERO. Están locos estos germanos. Lo que viene ahora me va a costar redactarlo, porque sólo he estado una vez en una piscina cubierta española: olímpica, útil únicamente para ir de un lado a otro haciendo largos. Supongo que no todas serán así. No voy a establecer comparaciones con esa piscina porque después de ver las francesas y las alemanas, no puedo creerme que las españolas sean tan aburridas, aquello fue en una excursión del instituto así que probablemente no vi bien.
El sistema de vestuarios es el mismo que el de las piscinas francesas: una sala enorme y mixta con cabinas individuales, tienen dos puertas; por una de ellas se sale a la calle, por la otra a las taquillas. En las taquillas puedes dejar todo, incluída la percha que te dan al entrar; sólo guardas una especie de pulsera que certifica que has pagado. Un breve paso por las duchas y, ¡ey! Ya estás dentro.
Lo que más me llamó la atención de esta piscina fue el colorido. Muy muy colorida. Imitando una playa tropical, el fondo de las piscinas estaba tintado de azul celeste, los pasillos, llenos de sillas y hamacas, se adornaban con un amarillo intenso, del color de la arena bajo el sol; y por todos lados se veían palmeras de plástico enormes. En la primera piscina se producian periódicamente unas olas muy fuertes (para una piscina artificial) que duraban largo rato. Los niños jugaban a ir a la parte más profunda de la piscina, donde no hacían pie ni de coña, a saltar en esas olas de metro y medio. Yo lo intenté también… acabé agarrada al borde de la piscina, de donde surgían las olas, que estaba sellado y no se podía salir, no podía volver a la orilla nadando porque estaba muy lejos, muy profundo y muy lleno de gente; me escocían las lentillas, no podía agarrarme bien porque me arrastraban las olas… acabé gritando en un alemán bastante soez a toda la gente a mi alrededor para que se moviesen del borde, y poder acercarme yo a la escalerilla. Qué numerazo. Tengo pánico al agua (tengo tres fobias: a los bichos muertos, a los regalos, y a morir ahogada), lo pasé realmente mal. Me extraña haber sido capaz de hablar en alemán en una situación así, estaba realmente histérica…
En una piscina en la que todos los niños gritaban de alegría. Ains. Triste.
Las demás piscinas eran también originales. Una tipo sauna, ardiendo, llena de chorros. Otra enorme, con el agua a una temperatura normal (normal, para ser una piscina cubierta, se entiende), pero llena de chorros por todos lados. Otra olímpica. Otra con tres trampolines. Otra con dos toboganes, en la que superé mi miedo a éstos. De pequeña odiaba los toboganes cerrados, y de mayor me costaba incluso deslizarme por un tobogán infantil de un parque cualquiera.. aquí decidí superar mi miedo y tirarme por dos toboganes de agua y cerrados (tubulares, con techo). Uno de ellos, el llamado “Agujero Negro”, totalmente oscuro, con las paredes negras. Me acojonaba la idea, pero al final lo intenté y me encantó. Desde la boca parecía completamente negro pero el interior estaba adornado con lucecitas: puntos de colores, líneas y personajes Disney.
En algún momento los niños me dijeron de “ir fuera”. ¿Fuera? Me pregunté si mi alemán es peor de lo que pensaba, o si con “fuera” se referían a aquel concepto de las piscina cubierta que conocí en Burdeos, que tenía una parte “exterior” a la que en verano se le retiraba el techo, en plan descapotable. Pero no. Se referían a ir fuera-fuera. A una parte de la piscina que estaba en la calle. A 7 grados. Adornada con árboles de Navidad y nieve artificial, chorros de agua y una corriente muy fuerte que te obliga a seguir nadando hacia delante. Jugué con los niños a empujarnos contra los chorros (hacían daño, y era divertido), a salir del agua a ver quién aguantaba más tiempo (a 7ºC.. bueno, eso al principio de la tarde, luego ni idea)… increíble. No lo puedo explicar con palabras. Pasé el anochecer en aquella piscina. Increíble. Imaginad la luna llena sobre el cielo, el agua evaporándose densamente sobre el agua, nadar a través de la niebla y que esta te descubra poco a poco los árboles que se esconden en la oscuridad. Los chorros de agua iluminados, elevándose al cielo. Las luces de la fábrica de Volkswagen más grande de Europa (¿4 km de largo?) iluminando a lo lejos el paisaje. Precioso. Me lo pasé genial jugando con los niños.
Cenamos allí, en el bar de la piscina, con Ilona y sus dos hijas. Me dijeron que la piscina cerraba a las 22.00 y me extrañé, las españolas cierran mucho antes; y eso sin tener en cuenta que las 22.00 de allí equivalen a las 24.00 españolas. Ilona me dijo que es normal; la gente va a la piscina a pasar el día, no a pasar la tarde. A algunas piscinas van, incluso, a pasar dos días; duermen en las hamacas. Alucino con los alemanes. Ilona también me contó que al día siguiente iban de compras a Bremen; y al comentarle que me gustaría conocer esa ciudad, me dijo que cuando vuelva a visitar Alemania, ella y su familia podrían llevarme de excursión allí. Sé que ella está interesada en tener una au pair española en vacaciones, me lo confesó en verano; y unido a ésto… tal vez… si Michael no me llama, me ofrezca ella ser au pair en su casa. Y no debería, porque me he prometido a mi misma que este año no viajaré, que me quedaré en casa; y sobretodo, que no volveré a ser au pair, que lo mío con los niños ya ha acabado, pero… ¿no sería precioso ser la au pair de dos niñas tan rubias, tan simpáticas y tan adorables?
Al volver a casa, Michael me dice que, igual que el verano pasado, tenía pensado salir a tomar un cóctel “en familia”. Intentamos ir al mismo local que la otra vez, pero está cerrado. Damos vueltas por la ciudad hasta encontrar un local agradable abierto. Tomo una piña colada disfrutando de mis últimas horas con la familia. Son estupendos. Mi intoxicación hormonal ya ha terminado y por fin soy capaz de pasármelo bien otra vez, de sonreír con las conversaciones y de reír con ellos. Al volver a casa los niños se van a acostar; yo me subo a mi cuarto, pero una hora después Gina me llama para tomar algo en el salón con su padre. Entre las dos nos acabamos una botella de vino tinto, hablando y hablando, a saber de qué. Su padre se va a dormir y ella y yo decidimos abrir la botella de vino dulce que traje de España. Lo probamos y es demasiado empalagoso. Gina murmura, “esto hay que tomarlo con algo…” Le explico que en España se suele tomar acompañado de un postre, y parece complacida con la explicación; repitiendo “esto hay que tomarlo con algo…” se levanta, va a la cocina… me pregunto intrigada qué traerá. Y lo que trae no puede sorprenderme más. De todas las cosas que hay en la cocina, ninguna me hubiese sorprendido más que la botella de agua con gas. Y aunque al principio pensé lo mismo que tal vez estarás pensando tú ahora, “qué clase de guarrada es ésta“, dos tercios de agua por uno de vino dulce mejoran muchísimo el sabor de la bebida. No sé cuanto vino tomamos, pero lo cierto es que entre unas y otras… cuando subimos a la habitación, a eso de las 03.00, llegué a mi cama de milagro. Un gran final para un gran día. Un gran final para un gran viaje.

– DÍA 3. Recuerdo haber ido al supermercado a las 14.00, que salimos de casa tarde, que había atasco en el camino al aeropuerto, que al final llegamos con antelación, no tuve problemas con el peso en la maleta y acabamos tomando algo en el McDonals… pero sobretodo recuerdo el trayecto en coche. Kevin, el pequeño, me confesó que en un principio yo no iba a ser su au pair. No me molestó en absoluto el comentario; es obvio que en el mundo hay cientos de jóvenes buscando esta oportunidad, y es lo más normal del mundo que escojas a una, te falle, y te toque buscar otra vez. Pero a Jan pareció resultarle ofensivo y le dijo que no era cierto, que sólo miraron los perfiles de otras au pairs, pero nunca escogieron a ninguna. Kevin dijo que sí que habían hablado con… pero entonces Jan le cortó hablando muy rápido y muy agresivo en alemán. Sin darle importancia bromeé, “sí, tal vez fuéseis a coger otra au pair, pero admitidlo; yo soy mejor“.
Kevin se quedó pensativo. Unos minutos después, aprovechando un silencio en la conversación, le preguntó a su padre por qué habían rechazado a la anterior au pair. Michael se limitó a contestar que era una larga historia. Kevin insistió, y Gina comenzó a cantar para desviar el tema de conversación. Y ahí sí que me quedé a cuadros. Quiero decir, que los alemanes son los estadounidenses de Europa. Estando aquí he escuchado que los españoles somos pobres, que somos vagos, que se nos dan fatal los idiomas, que tenemos un acento horrible en inglés, que tenemos un acento horrible en alemán, que tenemos un acento horrible en español (tócate la punta del pie, pero sí; los alemanes consideran nuestro acento feo, porque no hablamos tan relindo como los cuates mexicanos, guey. Que digo yo, es mi idioma y lo hablo como me sale de punta inferior de la oreja derecha), ¿y lo que consideran de mala educación es que yo sepa que hay más au pairs en el mundo aparte de mi? ¿HOLA? Alemanes. No hay quien los entienda. Pero ya me he acostumbrado a no entenderles, y las manos ya no tan infantiles que se abrazan a mí me dan pena. Quién sabe cuándo les volveré a ver. Sé que me echarán de menos. Que vivo en otro país. Y que ellos son niños, al fin y al cabo, y no es fácil separarte de la tía plasta a la que has tenido encima todo el verano diciéndote que es hora de acostarse. Mencionaron algo de venir a España en Semana Santa, pero quién sabe qué pasará hasta entonces.
El viaje bien. Cómo puede no ir bien volando con Lufthansa, la compañía que te da de comer, te da bebidas calientes sin límites, te da periódicos e internet en el aeropuerto. Llego tarde a casa, muy tarde. No hay nadie despiert@; tanto mejor. Necesito mis horas de tranquilidad, sin hablar con nadie, antes de volver a esa absurda vida real. A preocuparme por trabajos, facturas y limpiar la cocina, en vez de interesarme por videojuegos infantiles, películas y series. Necesito unas horas para que mi mente siga a mi cuerpo en el camino de regreso a casa. Son 1100 km hacia el noreste y 4 meses hacia el futuro, para alejarme de esos recuerdos del verano en Braunschweig. Ey, mi mente no vuela en Lufthansa. Necesita tiempo.

2011- 2012.

El 2011 ha sido un año… más. No puedo decir que haya sido especialmente bueno. Sí que es un año en el que mi vida y yo hemos dado muchísimos cambios.

No empezó precisamente bien. Comenzó peleada con mis amigos, haciendo botellón, muerta de frío, rodeada por gente que no era, ni es, demasiado importante para mí. En el curro acababan de encasquetarme al grupo de infantil, lo cual implicaba más dinero, pero también más responsabilidad y quebraderos de cabeza. Estaba todavía rallada tras volver de Francia, no aguantaba estar en España, no aguantaba vivir con mi familia, ni quedar con mis amigos. Sólo dos cosas me alegraban: patinar e ir a clase. Fuera de esas dos actividades, la vida me solía parecer bastante mierda, andaba apática y realmente deprimida.

En enero intenté cambiar todo aquello yéndome, una vez más, de au pair. Encontré una familia preciosa: un bebé de un año, y cuatro hijas de 6,11, 14 y 17 años. Pero a menos de un mes de irme, me eché para atrás. Aunque quería ir, la lógica me dijo que no era buena idea. Y puedo dar gracias al sentido común por haberme obligado a quedarme en mi tierra, porque habría perdido muchísimas cosas de este año. Nunca me he arrepentido por no irme. Sólo a veces pienso cómo sería mi vida si aquel mes de febrero hubiese volado hacia Düsserdolf. Lo que sé con seguridad es como fue mi vida al quedarme. Sé que la primera mitad del año fue una mierda. Que el trabajo llegó a cansarme, por estar con los críos de infantil; no son lo mío, me sentía agobiada. Que amaba la universidad, que esas clases eran lo único que me alegraban la vida, pero a la vez era consciente de que la universidad presencial es una pérdida de tiempo, que está demasiado lejos de mi casa y, en resumen, no iba mucho. Así que sentía no tanto tristeza como un absoluto vacío existencial cada vez que pasaba más de un día sin ir a esa clase. En mi tiempo libre me esforzaba por divertirme, de verdad que sí, pero estaba más bien apática y dejé por ello de hacer muchas cosas, como salir por Guadalajara o juntarme con cierta gente. No me importó. Ni me importa.

En verano volví a intentar irme de au pair, y, como sabe todo el que haya leído al menos el título de este blog, encontré una maravillosa familia en Alemania. Claro que entonces todo cambió. Podría dar la fecha exacta, 14 de junio. A dos semanas de irme, y sabiendo desde hacía ya un mes que me iba a Alemania, comencé a sentirme a gusto en Guadalajara. Demasiado. Adoraba mi trabajo de verano, mi rutina diaria, a mis compañer@s, a mis amigos; quizá lo único que hubiese cambiado eran mis tardes, que pasaba inmersa en dar clases particulares y en asistir a mis clases de conversación alemanas, teniendo poco tiempo libre; pero aún así, no me quejaba. Pero me fui. Y puedo dar gracias, una vez más, a haberme ido, porque en los cuarenta días que pasé en Alemania me cambió la vida. Volví, aprobé los exámenes, y, tal como decidí en los días de verano que pasé aquí, dejé mi trabajo, busqué otro más conveniente y me mudé a Madrid. Y aunque no han sido los meses más fáciles, sí que han sido los más bonitos. Desde que volví de Alemania, mi vida ha tenido grandes momentos, como mi primer trabajo como teleoperadora, mi primer contrato de alquiler, mis primeros compañeros de piso, conversaciones por internet hasta las 4 de la mañana, quedadas a partir de las doce de la noche, quedadas en mi propia casa (viviendo con mis padres, puedo contar con los dedos de una mano las ocasiones en las que vinieron mis amigos, por motivos varios). Han sido meses de sentimientos intensos. Como en la adolescencia. Cosas que tenía ya olvidadas. Si no me hubiese ido a Alemania, no habría elegido realizar tantos cambios en mi vida. Y no ha sido fácil, tampoco. He sido pobre como nunca en mi vida, pero siempre ha habido gente que me ha ayudado, gente a quien no podré expresar nunca con palabras lo muchísimo que les debo, y no lo digo por decir. Me he sentido sola en alguna ocasión, pero siempre ha habido alguien que con un par de frases me alegraba el día. Intento ser adulta y no es sencillo, pero siempre ha habido gente para ayudarme a sobrellevarlo. No podéis imaginar lo importante que es esto para mí. Lo suficiente para estar soltando mis primeras lágrimas del 2012.

Y ahora acabo y empiezo el año en Guirilandia… no demasiado bien, la verdad. Llevo todo el día deprimida, estoy lejos de mis amigos y no he salido. Pero sé que una gran parte de la depresión proviene de las hormonas y mi ciclo menstrual. Y la otra, de estar en Alemania, tan lejos de mi mundo. Y aunque quiero volver ya, tampoco me afecta demasiado, porque sé que aunque ahora esté mal, en tres días mis hormonas vuelven a la normalidad, y regreso a casa, a disfrutar del maravilloso 2012 que me espera.

¿Qué le pides tú al 2012? Tras las uvas, Michael me ha dicho algo de “lo importante es la salud“. Y mi mente automáticamente ha completado la frase, “y el dinero, y el amor“. Y supongo que en este aspecto no me puedo quejar. Estoy viva y nada atenta médicamente a esto, al menos no próximamente; no me sobra el dinero, pero como tres veces al día y no me falta el trabajo; y no tengo pareja porque no me interesa, pero tengo gente en mi vida, no en el terreno sentimental, pero sí en todos los demás. Y sobretodo, amo la vida, que es lo más importante. Así que, ¿qué le puedo pedir al 2012? Que siga tan bien como el último tercio del 2011, con eso me bastaría. Pero puestos a pedir, pediría, en el terreno de la salud, más descanso, que el otro día me vi por primera vez en meses sin ojeras, y me pareció tan raro que pensé que estaba enferma. En el terreno del dinero, que el trabajo siga sin faltarme, y las ganas de trabajar, tampoco. En el terreno del amor, dejar de ser tan independiente y ser capaz de establecer relaciones más profundas con la gente (y nuevamente no me refiero sólo al terreno sentimental, que por amor, igual hablamos de amor a la naturaleza que de amor al prójimo). Pero lo mejor de estos deseos es que conseguirlos no depende de nadie más que de mí. Y no hay nadie en este mundo en quien confíe más que en mí misma para conseguir todo aquello que me propongo.

Así que salud, dinero, y amor para todos. Feliz 2012.

Post epílogo 8.

El día ha comenzado fatal. Una puta mierda, vaya. Hormonas, ciclos menstruales, cosas que sólo las mujeres pueden comprender realmente. El caso es que me he despertado a las 10.40, pero no me he levantado hasta las 12.15 (síntoma claro de depresión), sintiéndome fatal por estar en alemania. ¿Qué hago yo tan lejos de casa? ¿En Navidades? ¿Sin mis amigos? ¿Sin mi idioma? ¿Y en estas fechas? Son fechas familiares, maldita sea, ¡qué pinto yo aquí! Si seguro que me invitaron sólo por educación. Y que están hasta los huevos de tenerme aquí. Porque, ¿quién quiere una desconocida en sus cenas de Navidad, eh? Y a ver mañana, qué cojones hago. Podría estar de fiesta con mis amigos, pero noooooooo; estaré en Guirilandia, en una cena alemana, sin entender nada, sintiéndome fuera de lugar, acoplada, y sin uvas.

Por lo menos estoy aprendiendo el idioma.

Pero eso es lo único positivo que veía esta mañana al hecho de estar aquí.

Me he levantado por obligación, contando las horas que faltaban para que los niños se durmiesen y nos dejasen solas a mí, a mi depresión y a la conexión a internet.

El padre de los niños no estaba. Y Gina tampoco. Jan ha telefoneado para ver qué tocaba comer; se ve que recuerdan mi estupenda capacidad culinaria, porque rápidamente han dicho que nada de cocinar, que fuésemos a comer al centro. Kevin ha optado por quedarse en casa, mientras Jan y yo hemos tomado un tranvía en dirección al Schloss Arkaden, el centro comercial de la ciudad. Allí nos esperaba Michael con una sorpresa: tickets para subir a la cima del edificio, coronada por una cuádriga similar a la que adorna la puerta de Brandenburgo en Berlín. Aunque no estaba muy de humor, ha sido agradable, y he aprendido un poquito más sobre la historia y geografía de la ciudad. Al parecer, el centro comercial no se llama Schloss (castillo) de casualidad: es realmente un edificio importante, que data de 1718 y fue, hasta la I Guerra Mundial, la residencia de los duques de Braunschweig. El castillo sufrió graves daños durante la guerra; hicieron un parque alrededor y, en la década de los 2000, decidieron destruir el parque, contruir un edifico anexo conectado al castillo, y ahora se usa como biblioteca, museo y centro comercial.

Comimos en un kebab, el que es, según Gina, el mejor de la ciudad. Ya comí aquí este verano, alguna vez, a eso de las cinco de la mañana. En comparación con los kebabs que tomé anteriormente, los de este local son más higiénicos, tienen mejor presentación y están meos embadurnados en salsa. Se puede saborear de verdad cada tomate, lechuga o trozo de cebolla o carne. Admito que están riquísimos, pero también que adoro los kebabs cubiertos por litros y litros de salsas misteriosas. Antes de coger el tranvía de vuelta a casa paramos un momento en la oficina de la empresa municipal de transportes. Al salir, Michael me dijo que había ido a preguntar hasta qué hora son válidos los tickets del tren tranvía mañana por la noche, “por si sales mañana con Gina y compramos el ticket durante el día“. Eh, espera, ¿salir? Gina no me dijo nada de salir. Y no tengo ropa adecuada. Ni dinero. Ni la plancha del pelo. Por dios, soy esa persona que cuando sale de casa para ir a tomar un café no se olvida de llevar en el bolso ropa de repuesto, gel y champú (y va en serio), pero se va una semana a otro país y olvida llevar unas malditas cuchillas para depilarse (y por desgracia, también va en serio)

Por la tarde no hicimos nada, solamente estar en casa. Los niños se han acostado super tarde, a eso de las 23.30, para ver en la televisión Galileo, un show que nunca he sabido de qué va, excepto hoy. Un especial con todos los sucesos importantes ocurridos en el año. Hablan de la crisis del pepino español. No sé si reir, llorar o cabrearme, al ver la noticia desde el otro lado. Echan la culpa de la enfermedad a Egipto, vaya usté a saber por qué, pero del hecho de que Merkel jodió la economía española al acusar a nuestro país no dicen ni mú. Salen un par de imágenes de gente tirando toneladas de pepinos a la basura, pero para compensar, inmediatamente después publican unas imágenes de la tomatina, añadiendo, en texto y en sonido, la palabra “Valencia”. No consigo comprender de qué hablan, pero me encantaría, pues no veo la relación entre los pepinos y esta fiesta, de verdad que no.

Cuando los niños se han ido a dormir me he quedado un rato hablando con Gina. Me gusta hablar con ella así, en tranquilidad, sin obligación alguna, sin tener que dar imagen. Somos muy, muy distintas. Ella es la imagen de la veinteañera perfecta americana. Trilingüe, inteligente, guapa, simpática, divertida, adora la moda, muy sociable, con muchos amigos, siempre con novio o amigos muy cercanos, siempre los más guapos del lugar; siempre rodeada de gente. Es colombiana, y físicamente no muy alta, bajita y morena; es decir, lo más exótico del mundo aquí en Guirilandia. Hizo gimnasia rítmica y capoeira, dibuja muy lindo, le gusta el cine francés, la lectura, estudió en el instituto superior (el Gymnasium, al que es difícil acceder) y entró en la carrera de sus sueños en una de las universidades más prestigiosas de Alemania, a pesar de que el proceso de selección es más duro que en España. No tenemos nada que ver y me resulta incómodo quedarme con ella a solas en una habitación, tener que hablar con ella por obligación, pero las charlas improvisadas son agradables. Seguramente venga a Madrid con unos amigos en un par de meses, se quedarán en mi casa. Me ha pasado al teléfono con uno de ellos. Habla perfecto alemán, inglés, francés y español, y estudia italiano y sueco. Siento vergüenza cuando escucho a estos alemanes hablar un español más correcto incluso que el mío. Acento incluído. ¿Hay algo más patético a que un guiri te explique gramática española?

… ¡Qué cojones! Acabo de caer de que en la maleta no solo falta la cuchilla. Faltan también algunas camisetas, y posiblemente un bote de gel o champú; no recuerdo haberlo metido, pero soy muy gilipollas para esas cosas y si no llevo encima un champú de 80€ el frasco, no salgo de casa. Y mucho menos me vengo a guirilandia. ¿DÓNDE COÑO ESTÁ TODO? Debería comenzar a enfadarme con Lufthansa, pero a decir verdad… en el vuelo dan comida y bebida gratis, y al llegar a tierra, periódicos y buffet libre de bebidas calientes. No puedo cabrearme ni aunque quiera.

Post epílogo 7.

Hoy escribiré apenas unas líneas, porque estoy cansada. Cansada de no hacer nada, lo admito. me han levantado a las 09.30 porque venía la asistenta; un café bien cargado, para despertarme… y absolutamente ningún efecto. Hemos pasado el día en casa, sin salir. Jugando a la wii, al Jungle Speed, que les he regalado, a Mühle*, que adoro… sin hacer nada de nada. Desde el primer día me acostumbré totalmente a los horarios de aquí, parece que mi cuerpo está hecho ya a cualquier cosa, y por ello a las 14.00, cuando en España mi mente está comenzando a despertarse, aquí comienza a darme el bajón de energía. Anochece sobre las 16.30, y poco después mi cuerpo está cansado y reclama a gritos un lugar donde dormir.

Gina me contó hace unos días que aquí es típico preparar galletas caseras en invierno con los niños, y me dio a probar uans riquísimas que preparó la madre de su ex novio. Quisimos preparar algunas en la tarde. Mientras yo estaba con los niños en el salón, ella se encargó de hacer la masa, y nos avisó cuando ya la tenía lista y extendida sobre la mesa, con los moldes alineados en la mesa. Para nuestra desgracia, al ir Kevin a probar la masa, descubrimos que a Gina se le olvidó aádir azúcar, y por motivos que desconozco, porque la repostería no es lo mío (nada que se puda hacer moralmente en una cocina es lo mío), ya no se podía añadir, así que tuvimos que tirar toda la masa, para intentarlo mañana una vez más.

En apenas tres días aquí he recuperado todo el alemán que había olvidado; vuelvo a ser capaz de mantener conversaciones. Claro que si en apenas tres días puedes recuperar todo el vocabulario olvidado significa que tampoco tenías mucho que recordar, pero aún así me siento contenta cuando entiendo las conversaciones ajenas; hace tres días me sentía incapaz. Y jugando con los niños, me sale el alemán con naturalidad, tengo que forzarme para hablar en castellano cuando la situación lo requiere. Todos los días nos ponemos al frente de la televisión para ver capítulos antiguos de Como Conocí a Vuestra Madre, capítulos que no he visto o que tengo ya olvidados, y ahora soy capaz de comprenderlos. Kevin ha decidido mejorar mi fonética alemana y se pasa el día obligándome a repetir sonidos que una boca humana no está preparada para pronunciar: ö, ü, ä, ss, sh, sch, schl… pero debo de decir que es un gran profe y está consiguiendo que haga grandes avances en esto de pronunciar sonidos extraterrestres. He vuelto a recuperar mi costumbre de pronunciar, en voz alta y sin venir a cuento, palabras complicadas, para ver si las sé decir correctamente. Y debo de admitir que resulta un poco inquietante, porque Jan lo hacía también este verano con el castellano, y mi cerebro sigue sin negarse a admitir la imagen de ir todos en el coche en silencio, y que de repente una voz adolescente pronunciase, con acento alemán, alguna palabra suelta tan vital como “retrete“. Imaginad la situación.

Esta mañana entregué a los niños un par de tonterías traídas de españa. El juego que he mencionado antes, y varios dulces navideños. Su reacción: ante el carbón dulce, “pero, ¡esto pica los dientes!“. Ante los polvorones, “¡son demasiado dulces!“. Y los turrones ni los miraron; los llevé yo por la tarde a la cocina, y me olvidé de ellos. Pero esta noche, tras la cena, me encontré un espectáculo, cuanto menos, divertido. Bajé sal salón a ver Charlie y la fábrica de chocolate con los niños, y encontré a Jan tomando algo. Está muy dulce, me dijo. Miré lo que tenía en el plato: un trozo enorme de algo que parecía… ¿tarta de queso? Lo volví a mirar.

Turrón. Turrón de crema catalana. En un plato individual, cogiéndolo con las manos como si fuese un bocadillo, y comiéndolo a mordiscos. Llevaba un cuarto de tableta, el condenado.

Sigo flipando con los alemanes.

 

* Versión online: http://www.spiele-kostenlos-online.de/brettspiele/brett-spiele/merels-muhle/.

Post epílogo 6.

Me he vuelto a levantar a una hora más bien indecente, al menos para un alemán, pero esta vez no me he querido jugar el almuerzo y nada más despertarme he bajado a saludar. Y a preguntar por mi maleta, ya de paso. He permanecido en la cocina mientras Michael hablaba con la compañía aérea y preguntaba con mi maleta.

– ¿Cómo? Pero, ya es el tercer día que está sin maleta. Y necesita cosas de dentro. ¿Cómo que mañana? – dice en alemán.
– ¿QUÉÉÉÉÉÉÉÉ?- grito en castellano.
– Que la maleta sigue en Madrid, que no saben cuándo vendrá… tal vez mañana…

Si no llego a estar alojada con una cuidadosa, educada y elegante familia alemana, MONTABA A LUFTHANSA EL MAYOR POLLO DE SU PUTA VIDA HASTA QUE ME DIESEN DINERO POR TODOS Y CADA UNO DE LOS DÍAS QUE HE PASADO LAVANDO ROPA A MANO. Pero estos alemanes no actúan así. Son más de mostrar su indignación mediante frases tipo “les agradeceríamos mucho que trajesen la maleta a la mayor brevedad posible. Somos conscientes de que están haciendo todo lo que pueden y que trabajan con la mayor celeridad posible, pero nos sentimos algo molestos por la falta del equipaje, esperamos que lo traigan lo antes posible para compensar nuestro disgusto“. Seamos sinceros: un “me cago en tu puta madre” es menos educado, pero en ocasiones te abre muchas más puertas que cualquier otra frase.

Finalmente Michael comenta a la compañía que él es cliente frecuente, dca su número de abonado y la compañía se compromete a enviar la maleta esta noche. Finalmente ha llegado, a eso de las 22.00. Ya era hora.

Por la tarde hemos ido a patinar sobre hielo. La pista está localizada en un enclave menos medieval, más decimonónico, pero igualmente precioso. Muchísimo más bonito que ninguna de las pistas de patinaje que he visto hasta ahora: rodeada de abetos naturales, con sillas y mesas talladas en tocones de madera de manera muy rústica y agradable. Varios recipientes con forma de papelera sirven de refugio a las llamas de varias hogueras, que dan calor y alegan el ambiente con motas incandescentes que el viento arrastra por los aires, todo alumbrado por focos de colores. De colores muy sobrios, como azul o verde oscuro, pero que le dan cierto encanto a la zona; colores más vivos habrían quedado muchísimo peor. Las fachadas de los edificios cercanos están también cubiertas por una luz que cambia muy muy lentamente del verde oscuro al azul marino, salpicados ambos por muchas estrellas enormes de color blanquecido. Los altavoces reproducen, en un volumen muy bajo, villancicos tradicionales anglosajones. Los niños y los padres dan vueltas por la pista, algunos de los peques agarrados en una especie de andador con forma de pingüino, para aprender a patinar. Los zapatos no se dejan en ningún guardarropa, simplemente se dejan en la calle, porque, ¿para qué guardarlos? ¿A qué alemán en su sano juicio se le ocurriría robar zapatos usados?

Qué confiados son los pobres. No me extraña que sean el blanco de todos los ladrones en el metro de Madrid.

Kevin no sabía patinar, pero una hora más tarde estaba saldo saltos conmigo por mitad de la pista. Ha sido divertido. Michael patinaba estupendamente; los niños me han contado que él vivía en el campo, cerca de un lago, que en invierno se congelaba y permitía a Michael y a sus hermanos patinar, atornillando unas cuchillas bajo las suelas de las botas. ¡Me parece algo tan lejano! Viviendo en Madrid y en el año 2012, parece que eso pertenece a otra galaxia.

 

 

Pero lo mejor de todo el día,

¡¡HE ENCONTRADO TAMPONES CON APLICADOR EN ALEMANIA!!

Los niños entraron a mi cuarto a despertarme. Pregunté qué hora era. Kevin contestó que 9.30; Jan le llevó la contraria y dijo que las 12.00 en lo que parecía un claro intento de obligarme a levantarme. Les mandé a la mierda y di media vuelta para seguir durmiendo… no, un momento, mejor comprueba la hora antes. Hice bien. 12.30.  Es como levantarse a las 15.00 en España, solo que además se toma como un gesto super maleducado. En esta familia se considera mala educación hasta echarse una siesta. Incluso en época de exámenes, cuando no duermes de noche. No, no bromeo.

Me levanté y los críos vinieron a jugar a mi cuarto, por l que se me olvidó ir a decir buenos días al resto de los habitantes de la casa. Un rato después Michael llamó a los niños. Para comer. A mí no me llamó, por lo que no bajé, y me quedé considerando por qué narices no me llamaban para comer. Este verano alguna vez lo hicieron. ¿Pensó que despertándome tan tarde no tendría hambre? ¿Que preferiría una comida dulce, tipo desayuno, a algo salado? ¿Tal vez era una respuesta a mi falta de educación, por no decir “buenos días”? ¿Qué narices les pasa a estos alemanes por sus germanas cabezas? A saber.

Los niños comieron, subieron al cuarto y continuaron jugando conmigo. Un rato después Michael me llamó para darme buenas noticias: mi maleta ha aparecido.

En Madrid.

Muy bien, allí me es muy útil. Yo estoy a favor de la educación para la independencia y tal, pero eso no se aplica a mis maletas. Ni a los empleados de las compañías aéreas. Me gusta que mis bragas duerman cerca de mí. Manías.

Finalmente comí más tarde con Gina. No entiendo por qué comieron los demás antes. De verdad que no. ¡¡¡Alemanes!!!

Por la tarde fuimos a un mercado navideño. Algo sencillamente precioso, totalmente de cuento. Es como un mercado medieval de los que se hacen en España, solo que muchísimo más medieval que cualquiera que yo haya visto antes, al realizarse en el casco antiguo de una ciudad que data del siglo IX en el patio del castillo y los alrededores de la catedral y el ayuntamiento. Los puestos, todos hechos en madera; los árboles, abetos naturales, y las luces y la decoración muy sencilla y elegante. El espumillón es en verde mate, y se usa para hacer formas muy discretas, como estrellas, que encajan totalmente con el resto de la decoración. Es totalmente como salido de un cuento. Este invierno no ha nevado, pero con el suelo blanco tiene que ser sencillamente espectacular.

Y la comida, ¡qué comida! No, en serio, ¡¡QUÉ COMIDA!! Los dulces navideños españoles y alemanes no coinciden en absolutamente nada. Bueno, ambos tenemos mazapán, pero no conozco a nadie -alemán ni español- a quien le guste (tampoco es que vaya haciendo encuestas por la calle, pero siempre se quedan al final de la bandeja en Navidad), y el formato es totalmente distinto. Donde yo vivo, el mazapán consiste en pequeñas figuritas marrones, mientras que aquí son esculturas de tamaños variables, de todos los colores y por supuesto, en tres dimensiones. No me he molestado en probarlo porque el español no me gusta, y no vamos a ser racistas, si se odia uno se odian todos, pero si lo compro ya os contaré qué tal sabe. Mientras tanto, hoy he vuelto a alucinar con los kilos y kilos de salchichas. No entiendo la diferencia entre ellas. Me he tomado una que al parecer contenía pimiento*. Pues vale. Para mí la única diferencia, a simple vista, es el color y el tamaño. Desde las normales, que se encuentran en todas partes, hasta algunas de medio metro. Y admito que riquísimas. Hace años que odio las salchichas y si las tomaba, eran ocultas tras kilos de salsa, pero eso era porque no había tomado salchichas en condiciones. Pero estas están riquísimas.

Después fuimos a un puesto de bebidas calientes. Chocolates y cafés adornados con nata y tal, que siquiera miré. Tomé con Gina algo típico del invierno germano: vino caliente. Pero además, como somos muy hispanas nosotras, lo tomamos mezclado con un licor que no sé en qué consistía. Vimos cómo lo preparaban, echando contenidos de distintas botellas que no quise preguntar ni qué eran (mentira: lo hice, pero Gina tampoco lo sabía) sobre una tableta de azúcar (sí, eso existe) para después flambearlo. Sonaba de fondo una animada canción que recordaba a los años 30, y el señor tarareaba mientras preparaba tal mejunje; las luces del puesto incrementaban y mermaban su intensidad para dejar ver las llamas y atraer la atención de los visitantes. Todo un espectáculo. Por desgracia, el mejunje ése no sabe tan bien como aparenta su preparación. Lástima. El concepto de “calimocho caliente”, de saber rico, revolucionaría mi concepto del botellón en invierno.

Por último nos acercamos a ver las delicias de los puestos de golosinas. Manzanas enteras bañadas en capaz de crujiente chocolate. De chocolate de cualquier color. De chocolate blanco con colorantes dando al dulce el aspecto de un adorable cerdito, o un… basta, deja de mirar ahí que engordas sólo con pensarlo. Frutos secos garrapiñados por toneladas, pero no especialmente atractivos, pues en España también existen. Cosas horneadas con formas ricas, con formas de lazos… sí, me doy cuenta, no me sé explicar y mi redacción va empeorando a medida que avanza el artículo, que es ya kilométrico. Es lógico. Es que no encuentro palabras para explicar lo encantador del ambiente, y lo rico que parecía todo. Acabé tomando unos pinchos de fruta bañada en chocolate con leche. La piña, las uvas y la fresa con chocolate con son lo más rico que debe de haber en toda Alemania.

Y ahora estoy en casa. Hoy duermo en la habitación de Kevin. Tengo muchísimas ganas de volver a España, porque éste no es el momento de estar aquí. Acabo de estrenar una vida nueva: tengo nuevo piso, en una nueva ciudad, con un nuevo trabajo y decenas de nuevos amigos. Y Madrid me espera.

Pero, incluso sabiendo que mi vida está allí… Incluso sabiendo que no me gusta especialmente Alemania, que en ningún sitio me siento como en Madrid o en Guadalajara, que los viajes al extranjero ya no tienen la emoción que tenían durante la adolescencia, porque ya no saben a nuevo ni a independencia… Incluso con todo eso, agradezco la oportunidad de pasar las Navidades aquí. Porque son totalmente distintas, no volveré a mirar las Navidades españolas con los mismos ojos.**

 

 

* Muchos sabéis que, desde que comencé la universidad, disminuí muchísimo mi consumo de carne y pescado. Eso fue mientras podía permitírmelo económicamente. Ahora que tengo dos pagos pendientes a la universidad, comer lo que me echen me sale mucho más barato, ¡este mes he gastado VEINTE EUROS en comida! ¡¡EN TODO EL MES!! Por ese precio como hasta suelas de zapato en su salsa.
** Y no me refiero a que las vaya a mirar peor, si no a que las juzgaré de otra manera, las compararé con otras cosas.

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